¿Cómo manejar el estrés?
En este primer artículo quiero hacerte llegar reflexiones para comprender qué es el estrés, término muy de moda que se asocia a una enfermedad… “tengo estrés”… como si fuera una gripe. El estrés en realidad sí es una enfermedad, pero una enfermedad originada por nuestros propios pensamientos que luego tiene consecuencias (a veces muy serias) en nuestro cuerpo.
A través de otros artículos te iré dando algunas herramientas para manejar y/o superar el estrés, origen de muchas otras enfermedades, y comprender que su manejo es responsabilidad de cada uno."No sos lo que te sucede; sos lo que elegís ser."
Vamos a comenzar por reconocer los aspectos físicos y psicológicos asociados al estrés.
¿Qué es el estrés?
Es la respuesta del organismo a una demanda real o imaginaria. ¿Qué significa esto?
Existen innumerables situaciones estresantes, tales como peleas, discusiones, pérdidas de trabajo, asaltos, tránsito pesado, bocinas ensordecedoras o acumulación de tareas, etc.
Estas son situaciones bien reales. Pero existen otras como, por ejemplo, miedo de andar en subte o subir a un ascensor, dificultades que alguien “imagina” tener para salir a buscar trabajo, enojos, pensamientos que no dejan dormir… cosas que pensamos y no decimos… estas son situaciones imaginarias, están en nuestros pensamientos.
¿Cómo respondemos a esos estímulos?
Respondemos de la misma forma, tanto si el estímulo es real o imaginario. El ser humano trae en sus genes formas de respuesta muy antiguas. Hace miles de años, cuando estaba muy desprotegido y tenía que pelear por el mantenimiento de su vida con animales o situaciones naturales riesgosas, el hombre estaba dotado de un mecanismo de reacción frente al peligro: ataque o huida. Si no hacía eso, el animal podía matarlo. Es supervivencia.
En la actualidad, el ser humano conserva este mecanismo, pero con la diferencia que ya no está en el mismo ambiente que el hombre de la prehistoria. Y seguimos reaccionando de la misma forma: ataque o huida, pero también podemos quedarnos paralizados.
Imaginemos que estamos entrando en casa y nos vienen a asaltar… algo comienza a ocurrir inmediatamente en nuestro cuerpo: el corazón comienza a latir más rápido, comenzamos a respirar más agitados, nos mareamos, transpiramos, y realizamos tres tipos de acciones posibles:
a) Atacamos
b) Huimos
c) Nos quedamos paralizados
¿Qué pasa en el cuerpo?
Nuestro cerebro envía un mensaje bioquímico (neurotransmisores) que provoca la liberación de catecolaminas (adrenalina y noradrenalina) por el sistema nervioso simpático. Estas inducen la descarga inmediata de grasas y azúcares que se vuelcan rápidamente en la sangre. Entonces, aumenta la respiración anticipándose al aumento de requerimiento de oxígeno (es decir, respiramos más aire del que necesitamos) y, para el transporte de oxígeno extra, se incrementa su presión arterial y frecuencia cardíaca. Los órganos o estructuras que no participan en esta “emergencia” que siente el cuerpo, disminuyen su actividad para que mayor cantidad de sangre pueda ser utilizada por los músculos y extremidades (para atacar o salir corriendo). Se acentúan los mecanismos de coagulación ante una eventual herida y las pupilas se dilatan para ver mejor. Este proceso dura entre 5 y 20 minutos y luego desaparece cuando la acción fue efectuada con éxito (ataqué o escapé).
Sin embargo, existen otras situaciones de tensión que son constantes: a estas le llamamos estado de vigilancia. Un peligro constante puede ser viajar 45 kilómetros sabiendo que el auto no frena bien, o estar preocupados por determinada situación, en forma constante. Es decir, el cerebro percibe un peligro que permanece, que no se va rápido. El organismo responde ante situaciones de peligro constante con la secreción de cortisol, una sustancia generada por las glándulas suprarrenales. A diferencia del proceso anterior, los efectos del cortisol en sangre perduran mucho más tiempo. Aumentan la presión arterial, el ritmo cardíaco, la coagulabilidad de la sangre, el colesterol sanguíneo. Y otras reacciones que, a la larga, favorecen la aparición de enfermedades del sistema inmune (nos enfermamos más fácil), cardíacas, úlceras, problemas digestivos, colon irritable, caída del cabello, etc. El estrés asociado con el estado de vigilancia es el provocado por la reacción de “quedarse paralizado” o pre-ocuparse.
Existen muchas situaciones que generan estrés, pero cada persona determina qué cosa es lo que lo estresa, el estresor es definido por cada sujeto, según su percepción. Es cómo cada uno ve la situación. Por ejemplo: ¿te tirarías en parapente? Algunas personas de sólo pensarlo ya comienzan a sentir los latidos del corazón, agitado de miedo. Otras, pueden responder que sí y también se les agita el corazón, pero de entusiasmo, y a otras, que nos les interesa, no les produce nada.
Una diferencia importante: cierto nivel de estrés es necesario para nuestra supervivencia. El estrés tiene dos caras: una negativa y otra positiva. Ambas facetas comparten las mismas reacciones, sin embargo, en la negativa, estas respuestas quedan detenidas en la posición de funcionar permanentemente, generando los trastornos que mencioné más arriba. Cierta cantidad de estrés es necesaria para vivir: pensemos en las cuerdas de un violín, si están demasiado flojas, la música sonará mal; si las ajustamos demasiado podrán romperse.
También dijimos que el estrés depende de cómo una persona interpreta la realidad: tiene que ver con la personalidad, con la situación social y con el contexto. Por ejemplo, un niño de la selva no saltará dando gritos si ve a una araña, está acostumbrado; en cambio, uno que viva en un departamento en una gran ciudad sí. Pero, por otro lado, ese mismo niño de ciudad puede interpretar que la araña no es un peligro y no temerle, comprarse una y tenerla en una caja de cristal en su habitación como mascota. Se ha comprobado que los niños, de pequeños no temen a los animales (zoofobia), sólo “aprenden” a tenerles miedo si se les enseña.
Vamos a tomar un ejemlo: una persona estresada por fobia social.
Es un señor al que lo invitaron a una fiesta social en un gran hotel de Buenos Aires. Este señor es tímido (personalidad) y, además, no está acostumbrado a asistir a ese tipo de reuniones (situación social). Así, percibe e interpreta ese hecho como una amenaza. Concurrir a esa reunión ya es para él un estresor. Puede tener dos respuestas: Aguda, sólo dice que no va a poder ir inventando una excusa (huida), o que va a ir (enfrentando la situación = ataque). La otra respuesta es la más peligrosa y es el estado de vigilancia: se pasa un mes entero pensando en ir o no ir a la fiesta, porque no sabe cómo comportarse con esa gente, porque no sabe cómo vestirse, porque no conoce a nadie y piensa que se verá ridículo, porque teme que lo dejen parado solo a un costado, porque piensa que lo van a discriminar, etc, etc y la lista puede ser infinita. Estos ya son PENSAMIENTOS AUTOMÁTICOS o CREENCIAS, que es la parte imaginaria (lo que imagina este señor que le va a pasar y que puede o no coincidir con la realidad).
Los pensamientos de este tipo son los mayores responsables de crear estado de estrés en las personas. Por eso decía que el estrés es una enfermedad originada por nuestros propios pensamientos.
Con esta historia me despido hasta la próxima entrega de “Cómo manejar el estrés”
“Ciriaco era un paisano pobre, pero tranquilo y sabio. Había vivido mucho y nunca de apurado. Por eso le había encontrado siempre el lado bueno a las cosas. Y sabía que, en el medio de las tormentas, lo único que se puede hacer es guardar el buen rumbo, si es que uno desea que todo termine bien.
Tenía un caballo que era toda su fortuna. Pobre como era, no había podido hacerse una tropilla como tantos otros. De ahí que lo cuidara con esmero teniéndolo siempre bien alimentado.
Pero un día sucedió lo inesperado, vinieron los indios y en el malón se llevaron a su caballo, dejándolo aun más pobre y de a pie.
Todos sus amigos venían a lamentarse de su mala suerte. ¡Mira vos, tener un solo caballo y que te lo roben!!!!
¿Mala suerte?, decía Ciriaco. ¿Quién sabe? Tal vez no tanta. Tranquilo, nomás, tranquilo. Al final se ha de saber.
A las dos semanas regresó su flete, que había logrado escaparse del malón, y con él venía una tropilla de potros salvajes. Imagínense la alegría de todo, que ahora venían a felicitarlo al hombre por su buena suerte.
¿Buena Suerte?, repetía Ciriaco. ¿Quién sabe? Tal vez no tanta. Tranquilo, nomás, tranquilo. Al final se ha de saber.
Resulta que a los pocos días, domando el último de los potros salvajes, Ciriaco tuvo una mala caída y al rodar el caballo lo apretó quebrándole una pierna. Otra vez vinieron los amigos a expresarle sus condolencias: ¡Que mala pata!
¿Mala Suerte?, dijo Ciriaco. ¿Quién sabe? Tal vez buena suerte. Tranquilo, nomás, tranquilo. Al final se ha de saber.
Y así fue, porque al final, cayó una tarde una partida de la policía y se arreo en montón a toda la paisanada para la milicia de la frontera a pelearlos a los indios. Y como Ciriaco estaba recuperándose de su quebradura, fue dejado en el pago tranquilo, nomás, tranquilo reflexionando para sus adentros, mientras sus amigos le decían:
¡Que suerte tenés, Ciariaco!.
Lic. María Luz Brambilla
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